Espejito, espejito…

Hace dos días, en una de las divertidas minitertulias sobre internet que nos gusta tener entre amigos, y que está vez supuestamente se iba a centrar en el uso de las redes sociales en proyectos de diplomacia cultural, pedí ayuda con metáforas literarias alrededor de la construcción de una identidad artificial –o a medida- para explicar esa actividad –argumentaba yo- que muchos de nosotros venimos desarrollando en nuestros Facebooks o Linkedines donde con mimo y poco a poco, vamos seleccionando las fotos que más nos gustan; publicando solo las frases y pensamientos que consideramos mas carismáticas; y haciendo emerger poco a poco ese Otro tan interesante y mucho más querido por los otros y por nosotros mismos que nosotros mismos.

Santiago –certera y rápidamente sentenció- ¡Querida Isabel, pero si los escritores no han hecho nunca otra cosa que hablar de ello!, y poco a poco fueron pasando por el salón de casa el espejo de Dorian; el laboratorio secreto del Jeckly y Hide; la criatura de Mary Shelly y muchos otros que hoy, dos días más tarde, apenas ya recuerdo. Hasta terminar con la que es sin duda la más inquietante de las historias y probablemente una de las más inspiradoras: la del cuento de Oscar Wilde que lleva por nombre: La Esfinge Sin Secreto.

Un caballero elegante descubre en las calles de Paris a una señora de cuyo porte y belleza queda prendado y con la que por un grato azar coincide después de unos días en un encuentro elegante en casa de unos amigos. Al terminar la cena no puede resistirlo más, se acerca a Lady X- una acomodada viuda- y confesándole su admiración le pide autorización para visitarla. La dama acepta y le da su dirección pero cuando él acude a la cita convenida ella no está. Así en un par de ocasiones hasta que él caballero recibe una misiva donde le pide que sí necesitase buscarla busque a una tal Ms. Smith añadiendo una dirección. “Existen razones, dice ella, que no me permiten recibir cartas en mi propia casa”. Se ven varias veces usando este método, y tanto el amor como la curiosidad por el misterio van en aumento en él hasta que un día ve cruzarse en su camino a su adorada que poco después se introduce en una casa modesta de alquiler de habitaciones.

Loco de celos ante las peores sospechas de las razones de la doble vida de Lady X, nuestro caballero, tras una enardecida discusión con la dama en la que ella le reprocha el que la haya seguido, se ausenta de Paris durante un tiempo para enterarse a su vuelta del lamentable fallecimiento de lady X. Días mas tarde, acude al edificio de habitaciones de alquiler con una foto de su amada, donde descubre que sí, que efectivamente ella utilizaba los salones de la casa de alquiler –cuyo alquiler pagaba religiosamente- pero en completa soledad sin jamás recibir visita alguna.

Leer libros y tomar té ocasionalmente eran al parecer las únicas misteriosas actividades de una mujer obsesionada con el misterio que no pasaba de ser en el fondo más que una esfinge sin secreto.

Bonita historia y quizás buena metáfora de lo que se esconde detrás de nuestra nuevas personalidades cibernéticas. Todos siempre hemos querido ser otro.

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