El Rompimiento de Gloria y los dioses agrestes

Termino la  lectura de la primera edición del “Rompimiento de Gloria” del Marqués de Tamarón en Santorini, desde donde escribo estas notas, !qué extraño recorrer cielos y mares para rememorar la Sierra Madrileña tan cercana y los paisajes de Gredos, donde tanto tiempo pasé de niña. Las anotaciones a lápiz de Jaime en los margenes, cuidadosamente indescifrables, incluso para mí, me ofrecen una lectura cruzada.

Poco sabemos de lo que el destino depara al joven narrador más allá del momento crucial, con sabores a Conrad, de su Línea de Sombra dibujada por la diálectica entre la fidelidad al origen social y el deseo de trascendencia. “Desconcertante novela -cito a Jaime- donde los protagonistas se hacen antipáticos no por su ideología ni por su origen aristrocrático sino por saberlo todo, ser guapos, inteligentes, con buen gusto…,sencillos, amantes de la naturaleza, y a pesar de ello el maragato queda atrapado y se convierte a la misma” -no creo que antipático deba entenderse en su sentido literal y corriente hoy en día,como deja claro el resto del comentario, sí en el de distantes.

“La novela de Tamarón no deja indiferente, hace pensar”, leo entre los muchos garabatos apenas inteligibles de la última página. Pensar y disfrutar a la vez es todo lo que uno puede esperar de una novela: la pasión por Elena, y el momento sublime del enamoraniento, tan Stendhelliano, los escogidos textos y citas enlazados con prosa clara y sencilla -robo a Jaime los adjetivos- y ese ambiente de preguerra salpicado de hablas de personajes familiares, por conocidos o evocados, que encojen el alma. Páginas para descubrir otros protagonistas de nuestra historia que no solo está hecha de Escopetas Nacionales.

Con tantos dioses en tierras griegas debe haber muchas  hierofanías, me digo a mi misma, y me lanzo a la búsqueda de los dioses agrestes.

 

Cerebros hambrientos

Sobre el libro de Nicholas Carr, The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains.

Tomate tu tiempo me susurraban los libros,

no nos vamos a ir a ninguna parte

¿Será cierto que la pantalla del ordenador aniquila todas nuestras dudas con sus recompensas y comodidades? “Nuestro pensamiento ha adquirido una cualidad “Stacatto” que  nos permite captar rápidamente fragmentos cortos de texto desde numerosas fuentes online “-comenta uno de los entrevistados de Carr, el bloguero sobre medicina Bruce Friedman. “Cuando hago bricolage en tiempo real durante varias horas “siento” como se enciende mi cerebro,  “siento” que se vuelve más inteligente” –citando a John Batelle.

¿Ha cambiado La Red el modo en el que leemos o lo que ha cambiado realmente es el modo en el que pensamos?.

Con esa pregunta nos hace recorrer Carr un camino que arranca con la historia de las formas de comunicación y el surgimiento de la escritura y el libro, atraviesa lateralmente la lingüística  y la epistemología, y se detiene bastante en la neurofisiología aderezando la salsa con referencias culturales que van desde HAL 9000 a Sleppy Hallow.

La verdadera respuesta no la encontramos hasta el final, cuando el propio Nicholas Carr desnuda su adicto cerebro y confiesa las tretas y argucias con las que se auto-engañó y disciplinó para conseguir mantener la concentración necesaria para acabar el tercero de sus libros “Superficiales”.

“…al principio pensé que mis problemas de concentración eran un síntoma de la degradación mental propia de la madurez. Pero mi cerebro comprendí no estaba solo disperso estaba hambriento”- confiesa Carr al inició del libro. Y ese sustento posterior del relato en primera persona es precisamente lo que nos hace conectar inmediatamente.

Una cura de desintoxicación dolorosa. Un camino que muchos de nosotros- si Carr está en lo cierto- no recorreremos jamás, conformándonos con el nuevo placer que hemos descubierto en la ingestión superficial  y masiva de información, renunciando al esfuerzo y la recompensa de la concentración profunda en la lectura. Libres de la tiranía de la memoria, liberados de la lógica y el pensamiento, engullendo a borbotones más de lo que podemos procesar, felices con esa nueva forma de gigantismo deforme de nuestros cerebros hambrientos.

 

Nota: Este post fue publicado en otro blog ya desaparecido. La fecha de publicación es aproximada.