“Bon Voyage à Jaime”
febrero 6, 2012 21 comentarios
Hace muchas noches que espero el momento de la calma ante la página en blanco. La página que recoge las lagrimas, y la que hay que escribir nueva. En la que cuesta explicar una vida que no ha sido corta, sino rica y minuciosa.
Dice Santiago Tamarón que Jaime era culto, y lo era. Jaime y Santiago, tan unidos siempre, parecían pertenecer a otro mundo. Un mundo que uno nunca se cansaba de escuchar, ¡y mira que la charla podía ser larga…! Un mundo sin prejuicios y con fundamento, que desconcertaba a los necios, pero que a otros –menos cultos que ellos– a los que nos ofrecieron el privilegio de contemplar, nos enamoraba.
Hoy, mi jovencísima amiga Esperanza, con esa lucidez que a sus años no se entiende, me ha ofrecido el mejor consuelo al decirme: “Estate segura de que Jaime de lo que más orgulloso estaba era del tiempo que pasó contigo y con su familia”. Cuestión de prioridades. Jaime tenía una idea propia del amor y de la familia, de la amistad y de España. ¡Qué raro parecerá, quizás, a los que no le conocieron mezclar esas cuatro cosas tan distintas!. Pero Jaime tenía una idea propia de todo lo que amaba. Una idea del amor unida al mayor compromiso; de la familia, a la más infatigable fidelidad; de la amistad, generosa –como dice Tin; y de España civilizada y seria. Pero ideas así en estos tiempos no son fáciles de vivir.
El padre de Jaime era médico. He conocido a muchos: los mejores, que le han mimado, cuidado y atendido en su enfermedad con la mayor eficiencia y desvelo, pero ninguno me ha impresionado tanto como su padre en la forma de mirar cada pequeño detalle por delante y por detrás, y en su anticipación de los hechos en ese camino tan largo y penoso, y que con tanta dignidad ha atravesado Jaime durante sus últimos siete meses. Jaime era como su padre: se anticipaba a su tiempo y a los hechos.
Yo creo que ninguno de los que le queríamos, quizás Santiago sí, conseguimos nunca entenderle bien. Creo que nos faltaban lecturas. Sus amigos lo adoraban, y mucho se lo han demostrado estos meses, pero era para ellos un amigo desconcertante: el más desconcertante. Discutía. Reivindicaba su derecho a ser distinto y a pertenecer al mismo tiempo. Y se enfadaba, porque la separación de opiniones le desgarraba. Nunca le gustaron las tribus: no era etiquetable. No tuvo miedo a decir las cosas como las veía. O sí- tuvo miedo, terror, pero lo hizo. Y Jaime veía, mucho y de lejos. Como se suele decir: “las veía venir”.
Yo, con el tiempo y mucho esfuerzo, me acostumbre a aceptar que por raro que me pareciese Jaime siempre tendría razón: las cosas pasarían como él decía, fuese cual fuese el terreno. No había engaño posible con Jaime, ni mentiras piadosas- y menos si lo que estaba en cuestión era España, la amistad o la familia. No era fácil la eterna batalla interior contra los propios pensamiento, pero dulces y amorosos los brazos cada día.
Solo falta un año para que se cumplieran treinta desde que Jaime me sedujo con su forma de cantar “Fina Estampa” entre canción y canción de Elvis Costello. Con su forma de conducir el viejo y glamuroso Crysler rojo que heredó de su padre. Con su forma de tratar y acariciar a los perros y de guiarme en la montaña, y con su forma de andar con aquellos pantalones blancos que él llevaba más cortos y altos que nadie, con esa mezcla de estilo entre John Wayne y Garfunkel. Jaime era distinto.
No me corresponde a mí explicar su influencia profesional –discreta como él, pero no inadvertida -me consta. Pero a mí me gustaban mucho los títulos de sus libros como “Creación y Conocimiento en Red”, “La Economía de la Creatividad” o “Las Lenguas en el Ciberespacio”. No sé, tenían algo que lo explicaba todo -como los de las buenas películas.
Recuerdo ahora, que muy poco antes de su enfermedad, un día en La Vaquería de Miguel en el que él fue muy feliz con sus hijos y sus amigos, se decidió por poner como título “El Discreto Encanto de la Cultura”, frente a “Cultura pa payos” y otras prendas literarias similares sugeridas por los mismos médicos -sus amigos- que luego le cuidaron con tanto mimo, para la que es ya su publicación póstuma.
Hoy he sabido que sus primas griegas, Julia y María, han mandado a sus padres un telegrama que dice simplemente “Bon Voyage á Jaime”, a la manera Griega de decir adiós para siempre. Los que nos habéis acompañado, los que nos habéis abrazado estos días, los que le habéis querido y admirado: yo os aseguro que no viaja solo.















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